Oriente Medio

En Bulgaria, cazar refugiados es un deporte

19/09/2018

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En Bulgaria, cazar refugiados es un deporte

“Hoy es un buen día para ir a la caza de refugiados”, Dinko Valev, de 31 años, evalúa el cielo de Yambol, en el sur de Bulgaria, que está despejado. Es el dueño de una chatarrería y es con el dinero que factura con el que financia el ejército paramilitar de extrema derecha del que es líder y que denominó -Movimiento Nacionalista Búlgaro-.

"En Bulgaria, cazar refugiados es un deporte"

“Comencé solo hace tres años a vigilar la frontera en moto, ahora somos 50 hombres, tenemos siete tanques y un helicóptero”. ¿Qué es exactamente lo que hacen? “Cazamos refugiados, en Bulgaria es un deporte”, dice. “Llámenlos migrantes, llámenlos refugiados, llámenlos como quieran, que para mí son potenciales terroristas que ponen a Europa en peligro, no los podemos, ni vamos a dejar entrar.”

Dinko se hizo famoso en Bulgaria hace dos años cuando, tras entregar 12 sirios a las autoridades, el canal de televisión bTV lo presentó como “el superhéroe que está luchando por la patria”. Días después, el primer ministro agradeció públicamente la ayuda de los civiles que apoyan a la policía en la supervisión de la frontera: “Su contribución es bienvenida”, dijo entonces el que fuera primer ministro de Bulgaria Boyto Borisov.
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En 2016, Bruselas pagó seis mil millones a Turquía para frenar el flujo de refugiados a Europa, después de que casi dos millones de personas entraran en la Unión el año anterior. Y fue en ese momento cuando los grupos paramilitares del país vecino ganaron espacio para crecer. “Bulgaria construyó un muro y pasó a impedir entradas sin atender a causas humanitarias ni a solicitudes de asilo”, dice Martin Dimitrov, periodista del diario búlgaro 24 Horas y especialista en cuestiones de inmigración. “La consigna ahora es expulsar, duela a quien duela”.

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¿Ya han matado a alguien? Tiene lugar una pausa, Dinko no responde. La conversación termina aquí.

Dinko Valev y su ejército tienen hoy carta blanca para cazar a los refugiados que quieran, se organizan en la chatarrería que también es su centro de operaciones porque mañana es día de ir con las patrullas. Un buen día para la caza, como mencionó anteriormente. ¿Hay hoy menos gente que pasa la frontera? “Hay cada vez más”. ¿Incluso con el muro? “Ellos cortan el alambre, pero nosotros no los dejamos entrar”. ¿Qué hacen con los refugiados que encuentran? “Los entregamos a la policía, pero si se resisten les damos una paliza”. ¿Ya han matado a alguien? Tiene lugar una pausa, Dinko no responde. La conversación termina aquí.

La frontera más olvidada

La aldea de Rezovo no tiene más de una veintena de casas, pero tiene más de un centenar de banderas búlgaras colgadas en las ventanas, en los postes eléctricos, en los árboles. Tiene un monumento que señala donde estamos: en el extremo sureste de la Unión Europea. Un pequeño arroyo, altamente vigilado por la policía marítima, que separa a Bulgaria de Turquía. En la margen norte, incluso recostada en el agua, hay una enorme valla, y esa es una imagen extraña -un curso de agua amurallada, para que nadie lo atraviese-.

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“Tenemos la frontera mejor guardada de Europa”, se enorgullecía este mes de junio el primer ministro búlgaro en el Parlamento Europeo. “Propongo que Europa cierre todas sus fronteras como nosotros lo hacemos, para que ningún otro refugiado pueda entrar”. Estos 267 kilómetros que colindan con Turquía están vedados por alambre de púas, de tres a cuatro metros de altura. Hay unidades policiales en todas las aldeas del sur y hay milicias civiles, toleradas por el gobierno de Sofía.

Cuando todo el mundo estaba mirando a los refugiados que atravesaban el Mediterráneo por Italia y sobre todo por Grecia, Bulgaria se fue manteniendo fuera del radar, a pesar de poseer la mayor frontera terrestre con Turquía. Entre los refugiados, sin embargo, ese pasaje era conocido como el más cruel.

“Yo quería salvarme en Europa y, al final, Europa me trataba como si yo ni siquiera fuera humano”

Keyhan Yusefi, un periodista kurdo de 37 años, concluyó hace tres años que sólo tenía una forma de mantenerse vivo: llegar a Europa. “Cuando el Daesh llegó a Irak, los periodistas eran un objetivo y yo no era una excepción”, cuenta. “El día en que fui a la escuela a buscar al hijo de un compañero mío que había sido asesinado tomé una decisión, había llegado la hora”.

Partió a pie desde Duhok, en el kurdistán iraquí, y atravesó la frontera con Turquía después de 12 horas camino, sin mayor problema. “Cuando llegué, me metí en un autobús rumbo a Estambul y terminé por quedarme allí un mes, preparando el salto”. La noche del 28 al 29 de diciembre de 2015 llegó al norte del país, intentó entrar por Rezovo. “Recuerdo que nevaba intensamente y que fui perdiendo de vista a las personas que intentaban pasar conmigo, muchas fueron atrapadas en la frontera y mandadas de vuelta, otras simplemente murieron de frío en el bosque”.

Él y otros tres muchachos consiguieron pasar la verja. Comenzaron a subir los montes cuando les apareció un grupo de hombres mal encarados, eran los guardias del Movimiento Nacionalista de Dinko Valev. “Yo sólo gritaba que era periodista, pero fui golpeado hasta no tener fuerzas para resistir, después me entregaron a la policía. Durante tres noches no me dejaron dormir”, aclara, lo mantenían despierto a base de puñetazos y patadas.

“Después me mantuvieron diez días en un campo de refugiados, de donde no podía salir”. Recuerda que los cuartos de baño eran inmundos, que las duchas no funcionaban… “Yo quería salvarme en Europa y, al final, Europa me trataba como si yo ni siquiera fuera humano”. El primer día en que se le dio permiso de salida del campo huyó.

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Durante tres meses recorrió el continente oculto hasta llegar a Suecia, donde tenía familia. Entonces se entregó a las autoridades. “Me mandaron de nuevo a Bulgaria porque era aquí donde tenía el primer registro, así que volvieron a golpearme y torturarme, pero el hecho de ir a Suecia me permitió tener una oportunidad de pedir asilo”. Si recibe respuesta positiva, asegura que saldrá inmediatamente del país.

En marzo de este año, la Comisión Parlamentaria Europea de Libertades Civiles visitó la frontera de Bulgaria con Turquía. El informe final es bastante claro: “Los abusos de los derechos humanos persisten”. Además de los casos de palizas y torturas, “ahora los refugiados se ven empujados hacia atrás sin nisiquiera la oportunidad de hacer una petición de asilo”. Martin Dimitrov, periodista búlgaro, resume el estado de las cosas en este momento: “Devuelven a algunos refugiados y dejan que muchos mueran, a los demás simplemente los tratan mal”.

Un campo para los fantasmas

Muros altos electrificados. Tres bloques de edificios robustos, con las paredes descascardas. Un puesto de vigilancia con vistas al enorme descampado donde un joven sirio, vestido con una camiseta de Cristiano Ronaldo, se convierte cada tarde en estrella de fútbol. Esto es el campo de refugiados de Harmanli, el más grande del país, a 40 kilómetros de la frontera turca. También es una antigua prisión, convertida en un albergue improvisado en 2015. Esto sigue siendo una prisión, dicen los que viven allí.

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Hasta finales de 2016, Bulgaria había acogido oficialmente a 60.000 refugiados (el Gobierno calcula que un número diez veces superior ha atravesado el país sin registro). En la aldea de Harmanli, que no tiene más de diez mil habitantes, las tensiones comenzaron a notarse. Una de las medidas más simbólicas fue el hecho de que los búlgaros prohibieron a los refugiados colgar públicamente -en árboles y en estaciones de autobús- los carteles de se busca para los desaparecidos.

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En el otoño de 2016, la extrema derecha organizó una serie de manifestaciones para exigir el cierre del campo y la deportación de los extranjeros. En noviembre, hubo un motín entre los refugiados, que se quejaban de la falta de condiciones sanitarias y de estar presos sin culpa. La policía marchó sobre la multitud, cientos de extranjeros fueron detenidos y luego deportados.

Saleha Naimi es uno de los 264 fantasmas que sobran en Hamanli. Es ese el apodo que los habitantes de la aldea dan hoy a los pocos refugiados que aún permanecen en el campo, sobre todo niños que llegaron aquí solos y gente a la espera de respuesta a solicitudes de asilo y reunificaciones familiares. En Bulgaria, en el 90% de los casos esas solicitudes son rechazadas según informe publicado a principios de agosto por la Foundation for Access to Rights, organización no gubernamental que defiende los derechos civiles de los refugiados.

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Afgana, 60 años, Saleha era profesora y, precisamente por ser mujer, instruida y enseñando a otras mujeres a escribir, los talibanes le pusieron precio a su cabeza. “Yo vivía en una de las zonas más conservadoras del país y tuve que mudarme a Kabul. Lo llamamos Caboom, a causa de las bombas y los atentados”. Allí, a pesar de todo, podía dar clases. Pero las cosas se complicaron a finales de 2015, cuando su marido quiso casar a su hija, de 16 años, con un hombre de 64.

Tomó inmediatamente a la chica y huyó. Con la ayuda de algunos trabajadores internacionales llegó a Irán y de allí pasó en autobús la frontera hacia Turquía. “Después estuve cuatro noches en el bosque, sin ninguna comida y sólo un poco de agua, hasta conseguir entrar en Bulgaria”. Fue atrapada por la policía en la frontera y no quisieron saber su historia “Me quedé presa, en total aislamiento, durante 22 días”. Sólo cuando salió se dio cuenta de que estaba en Hamanli.

“Los refugiados no tienen acceso a derechos básicos y están siendo expulsados ​​de Bulgaria en total incumplimiento de los derechos humanos”

Como tenía una hija menor pudo pedir asilo. Hace dos años y medio que se encuentra a la espera de respuesta. A principios de 2017, a medida que el campo se vaciaba, pidió ocupar una de las salas libres y hacer allí una escuela para los niños refugiados. “Cuando empecé eran 200 alumnos, ahora no son más de 20. No tengo ningún apoyo o materiales de trabajo. Pero si no hago este esfuerzo, estos niños -que están solos- no van a tener herramientas para defenderse del mundo”.

Ivan Cherescharov, presidente de la Caritas búlgara, dice que no hay ningún apoyo para los tres mil refugiados que sobran en el país. “Somos nosotros quienes damos el 100% de las ayudas, pero el gobierno ha dejado de darnos cualquier financiamiento.” El informe de la Foundation for Access to Rights tampoco deja ninguna duda: “Los refugiados no tienen acceso a derechos básicos y están siendo expulsados ​​de Bulgaria en total incumplimiento de los derechos humanos”. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados ya ha condenado el abandono búlgaro. Ivan dice que está en marcha el plan europeo: “Si nadie los ve, ellos no existen”.

No volverás

Varias personas reciben respuesta a sus solicitudes de asilo y la desesperación se hace cargo de los fantasmas de Hamanli. Ahmad Waheed y la mujer, Shaimamuri, están preocupados. Tienen ambos 70 años y su solicitud ha sido rechazada. “Volver a Afganistán no es una opción”, dice el hombre en un inglés perfecto. “Pero tampoco tenemos fuerzas para andar tratando de pasar la frontera otra vez.”

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Muchos de los que se deportan intentan volver a entrar en Europa, pero la mayoría acaba por quedarse en Turquía, donde hay tres millones de refugiados. “El problema es que en Turquía entran grupos radicales que también nos persiguen”, dice el hombre. Su crimen no fue suyo, fue de su hijo: fue traductor de las tropas británicas durante dos años. El muchacho fue asesinado por el Daesh y los ya ancianos decidieron huir. Pensaron que Londres podría acogerlos, pero ni el Reino Unido ni Bulgaria los quieren. Ahora no saben qué hacer.

En la habitación de al lado hay una familia que se abraza en un largo llanto. Hamid Mohammadi, un sirio de 35 años, acaba de recibir una orden de deportación a casa, consideraron que había inmigrado por cuestiones económicas. Sumaya, 28, es su mujer. Ella va a poder quedarse con los dos hijos de la pareja – Suhil, de 6 años, y Avshia, de 3 -. Pero ahora vacila: “Vuelvo contigo, nuestra familia ha luchado demasiado para mantenerse unida”.

"En Bulgaria, cazar refugiados es un deporte"

Fue hace dos años, cuando desde el Daesh empezaron a amenazar a Hamid por trabajar para una empresa de cemento ucraniana y, lo que a los ojos del grupo terrorista, era relacionarse con los infieles. “No fue fácil atravesar Turquía con un niño de 1 año y otro de 4. Pero lo peor fue llegar a la frontera”. Pagaron tres mil euros a un pasador que los hizo caminar durante diez horas hasta pasar la veda. “Cuando llegamos a Bulgaria, nos dijo que el precio final era de ocho mil euros. Le dije que no tenía dinero y dijo que iba a quedarse con mis hijos para venderlos”. A su lado, Sumaya llora y lo confirma todo.

Hamid empezó a gritar: “Help, help, help.” Y dice que tuvo ‘suerte’ porque, pasados ​​unos minutos, apareció un grupo de vigilantes -el hombre no puede determinar si era el movimiento de Dinko Valev o cualquier otro-. “Me dieron unas patadas, me encerraron un mes, pero al menos mi familia permaneció junta”. Ahora, la Europa que ellos creyeron que podría mantenerlos a salvo es la Europa que les obliga a separarse. “Hay un proverbio en mi país que dice que si gritas, alguien acabará por oírte”, dice Sumaya. “Pero ¿cómo pueden oírnos si nos empujan de vuelta al desierto?”.

Reportaje de Ricardo J. Rodrigues (texto) y Rui Oliveira (fotos), traducido por Rocío García para LibreRed, y publicado originalmente en DN.pt.

Rocío García (Algeciras, Cádiz, 27 de septiembre de 1979). Licenciada en Periodismo y Comunicación Audiovisual, residió en Caracas, Venezuela, durante 3 años como periodista freelance.