El conflicto directo entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha superado los tres meses desde que se inició el 28 de febrero de 2026. Lo que comenzó como una serie de ataques selectivos se ha convertido en una guerra de desgaste que mantiene en vilo a toda la región de Oriente Medio y cuyas consecuencias se extienden a las cadenas de suministro energético globales. El balance de pérdidas, en términos militares, económicos y estratégicos, es objeto de análisis por parte de expertos internacionales.

El punto muerto militar y la fragilidad de la tregua

A pesar de los intensos combates, ninguna de las partes ha logrado una ventaja decisiva sobre el terreno. Los ataques iraníes contra objetivos estadounidenses e israelíes en la región se han enfrentado a una respuesta contundente de la coalición liderada por Washington. Sin embargo, las conversaciones para un alto el fuego se han dilatado sin éxito, y la tregua alcanzada en las últimas semanas se describe como frágil, con nuevos episodios de violencia registrados recientemente. La incapacidad de doblegar al adversario sugiere un escenario de empate táctico.

Según analistas consultados, Irán ha conseguido mantener su capacidad de respuesta a pesar de los bombardeos contra su infraestructura militar y nuclear. Por su parte, Estados Unidos e Israel han evitado una escalada total que implicaría una invasión terrestre, limitándose a ataques aéreos y de precisión. Este equilibrio ha provocado un desgaste mutuo que, a tres meses, no arroja un vencedor claro en el plano castrense.

El estrecho de Ormuz, punto crítico para la economía global

Uno de los aspectos más sensibles del conflicto ha sido la amenaza iraní de cerrar el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del crudo mundial. Aunque Teherán no ha ejecutado un bloqueo total, los ataques a petroleros y buques de guerra en la zona han disparado las primas de riesgo y los costes del transporte marítimo. La volatilidad en los precios del petróleo ha afectado directamente a las economías europeas, incluida la española, que depende en gran medida de las importaciones de crudo.

Para España, como miembro de la OTAN y la UE, el conflicto plantea un dilema estratégico. La alianza atlántica ha respaldado las operaciones estadounidenses, pero la dependencia energética de la región obliga a Madrid a calibrar su posición para no poner en riesgo el suministro. Fuentes del Ministerio de Exteriores español han señalado que se mantienen abiertos los canales diplomáticos con todas las partes implicadas.

El coste humano y material de tres meses de guerra

Las cifras de víctimas mortales y daños materiales no han sido oficialmente detalladas, pero diversas organizaciones internacionales estiman que los enfrentamientos han causado miles de bajas entre combatientes y civiles. La infraestructura civil en varias ciudades iraníes ha sufrido graves daños, mientras que las bases estadounidenses en Irak y el Golfo Pérsico también han sido blanco de ataques. La economía iraní, ya golpeada por las sanciones, se enfrenta a una nueva presión inflacionaria, mientras que el gasto militar de Estados Unidos se ha incrementado en decenas de miles de millones de dólares.

Potencias medias como España observan con preocupación el desenlace. La posibilidad de una guerra prolongada en Oriente Medio no solo afecta a la seguridad energética, sino que también reconfigura las alianzas regionales y expone las divisiones internas en la OTAN sobre el papel que debe jugar Europa en conflictos extrarregionales. El análisis de quién ha perdido más en estos tres meses depende en última instancia del prisma con que se mida: militar, económico o geopolítico.