El primer ministro británico, Keir Starmer, prometió en 2024 una nueva asociación entre el Reino Unido y África. Dos años después, el balance de su política hacia el continente arroja luces y sombras, con ambiciones aún por cumplir y recortes en la ayuda al desarrollo que han generado críticas.

Starmer se comprometió personalmente a redefinir las relaciones con África, alejándose del enfoque paternalista que, según el Gobierno laborista, había caracterizado a sus predecesores. Sin embargo, los recortes en el presupuesto de ayuda internacional, heredados en parte del Ejecutivo anterior, han lastrado la credibilidad del nuevo rumbo. La reducción de fondos ha sido criticada por organizaciones no gubernamentales y analistas, que consideran que contradice el espíritu de la prometida asociación.

En el plano diplomático, el Reino Unido ha tratado de aumentar su presencia en el continente con nuevas visitas de alto nivel y acuerdos bilaterales, sobre todo con países del África anglófona. No obstante, la competencia con otras potencias ha limitado el margen de maniobra británico. El Reino Unido compite con actores como China, la Unión Europea y España por influencia comercial y diplomática en África, una región estratégica para la estabilidad y el desarrollo económico.

Para España, la evolución de la política africana de Starmer resulta relevante. Ambos países compiten por influencia en una región que consideran clave, y la apuesta británica por sectores como las energías renovables y la infraestructura afecta a los intereses de empresas españolas ya asentadas en el continente.

Starmer concluyó su segundo año de mandato sin haber logrado materializar algunos de los acuerdos marco anunciados, y con la sombra de los recortes en ayuda planeando sobre su legado africano. Desde Downing Street se insiste en que la asociación es «un proceso a largo plazo», pero el balance hasta ahora es considerado decepcionante por la oposición conservadora y diversos analistas.