La empresa estadounidense SpaceX lanzó el pasado 23 de junio el primer vuelo de prueba de la cápsula de reentrada Starfall, una misión rodeada de secretismo tanto en su preparación como en su ejecución. La compañía no ha ofrecido detalles oficiales sobre la carga, los objetivos ni el cliente, pero todo apunta a un uso militar o de inteligencia.

El lanzamiento se produjo desde una de las instalaciones habituales de SpaceX —posiblemente Cabo Cañaveral o la Base Vandenberg—, aunque la empresa no confirmó el lugar ni la hora exacta. Fuentes del sector citadas por medios especializados señalaron que la misión busca probar capacidades de reentrada atmosférica para fines clasificados, probablemente vinculados a programas militares o de inteligencia estadounidenses.

Starfall es un programa del que apenas se conocía su existencia hasta este vuelo. La cápsula estaría diseñada para regresar a la Tierra desde órbita transportando cargas útiles sensibles, un servicio que hasta ahora realizaban principalmente las cápsulas Dragon de la misma compañía, pero con un perfil civil. El hermetismo en torno a Starfall sugiere que el cliente principal podría ser el Pentágono o alguna agencia de seguridad nacional.

SpaceX no ha publicado imágenes ni datos de telemetría de la misión, y los medios acreditados no recibieron invitación para cubrir el lanzamiento. La compañía tampoco ha emitido declaraciones sobre el resultado de la prueba. Este mutismo contrasta con la transparencia habitual de la empresa en misiones comerciales o de la NASA.

El lanzamiento se suma a la creciente lista de actividades espaciales clasificadas de Estados Unidos, donde el sector privado juega un papel cada vez mayor en capacidades estratégicas. SpaceX ya opera para el Gobierno estadounidense con contratos de defensa y transporte de carga clasificada, y el programa Starfall refuerza esa relación.