El M/V Hondius zarpó de Ushuaia el 1 de abril rumbo al Canal de la Mancha. Para cuando enfile las aguas británicas, llevará casi mes y medio en el mar con un brote activo a bordo, once casos identificados (ocho confirmados, dos probables, uno en revisión), tres muertos y pasajeros desembarcados en al menos siete países. Es el primer brote de hantavirus andino documentado en un buque de pasajeros, y la primera muerte conocida por esta enfermedad en un crucero. También es, sobre todo, una radiografía incómoda del sistema internacional de bioseguridad cinco años después de la pandemia que prometió rearmarlo.
El primer pasajero enfermó el día 5 de travesía. Murió el día 10. A partir de ahí, la cronología se convierte en un mapa de decisiones soberanas tomadas sin coordinación visible. Santa Elena aceptó una evacuación. Ascensión, otra. Países Bajos repatrió a un nacional por vía aérea. Cabo Verde cerró el puerto y negó la entrada al barco. España, en cambio, autorizó el desembarco y permitió que los pasajeros tomaran vuelos comerciales hacia sus países de origen. En esos vuelos viajaban personas que terminaron dando positivo al aterrizar en Francia, España y Estados Unidos.
Once países, once respuestas distintas al mismo barco. Ninguna autoridad supranacional emitió un protocolo común. La Organización Mundial de la Salud, que durante el COVID llegó a publicar directrices diarias para la industria de cruceros, no ha activado un marco equivalente. La International Maritime Health Association tampoco. El resultado es que cada Estado costero ha actuado en función de su propio criterio político, sanitario y reputacional, sin que ningún organismo internacional haya intentado armonizar la respuesta.
Animación: World Health Network
La elección del patógeno no es trivial. El hantavirus andino, endémico del Cono Sur, es el único de la familia del que existe evidencia de transmisión persona a persona. Hasta ahora esa transmisión se había documentado en brotes terrestres en Argentina y Chile. Su aparición a bordo de un buque internacional, con tripulación filipina y ucraniana, pasajeros europeos y norteamericanos, y desembarcos sucesivos en territorios bajo cinco soberanías distintas, lo convierte en un caso de estudio para los servicios de vigilancia epidemiológica. Los CDC estadounidenses, el ECDC europeo y sus equivalentes asiáticos llevan años advirtiendo de la posibilidad de que una zoonosis regional escale a problema global por la vía menos vigilada: la del turismo de larga distancia.
La industria de cruceros opera en un limbo regulatorio cómodo. Bandera de conveniencia, tripulación multinacional contratada por intermediarios, pasajeros de decenas de nacionalidades y largas singladuras en aguas internacionales donde la jurisdicción se difumina. Después del COVID se anunciaron reformas. No llegaron. El Hondius está demostrando lo que significa eso en la práctica: un buque puede convertirse en un foco epidémico móvil sin que ningún Estado costero esté obligado a recibirlo, y sin que ningún organismo internacional pueda imponer una respuesta coordinada.
Al cierre de esta edición, el barco sigue navegando. Los pasajeros que desembarcaron en Tenerife están repartidos por siete países como mínimo, y los casos secundarios entre contactos no figuran todavía en los recuentos oficiales. La investigación sigue abierta y los datos cambian a diario. Lo que ya no cambiará es el precedente: el primer brote de hantavirus en alta mar se ha gestionado país por país, sin red.



