El crecimiento de las inversiones chinas en Marruecos ha comenzado a generar fricciones con la Unión Europea, que ve amenazada su estrategia de desacoplamiento de Pekín. Rabat se encuentra atrapado entre su ambición industrial, que alimenta con capital asiático, y la presión de Bruselas para evitar dependencias estratégicas en sectores como la automoción y las baterías.

El gobierno marroquí defiende su política de atracción de inversión extranjera como clave para su desarrollo industrial. Empresas chinas han establecido plantas de fabricación en Marruecos, aprovechando los acuerdos de libre comercio del país con la UE y su proximidad a Europa. Sin embargo, la Comisión Europea advierte que estas implantaciones podrían servir para eludir los aranceles comunitarios a productos chinos.

Las tensiones comerciales entre la UE y China se han intensificado en los últimos meses, y Bruselas ha endurecido su control sobre las inversiones chinas en terceros países que puedan tener acceso al mercado único. Marruecos, como socio privilegiado de la UE, se ha convertido en un foco de atención. Rabat defiende su soberanía para decidir sus socios económicos, pero la presión europea crece.

El desarrollo industrial de Pekín fuera de sus fronteras inquieta a Bruselas. Y Rabat, como tierra de acogida de las inversiones chinas, está en el punto de mira de la Unión.

La situación afecta directamente a España, que compite con Marruecos por la inversión industrial y comparte con él una frontera estratégica. Mientras el gobierno marroquí intensifica sus lazos con China, la UE busca reforzar su autonomía estratégica, lo que sitúa a Rabat en una posición incómoda entre dos gigantes.