Los Gobiernos de Malí y Argelia han puesto fin a una crisis diplomática que se prolongó durante 15 meses, gracias a una mediación en la que Rusia ha tenido un papel determinante. El acuerdo, alcanzado el 10 de julio de 2026, fue posible gracias al respaldo de Moscú y a la mediación de Níger, según informó la prensa internacional.

La crisis entre Bamako y Argel comenzó a principios de 2025, cuando las relaciones bilaterales se deterioraron por desacuerdos en materia de seguridad y control fronterizo en la región del Sahel. El distanciamiento benefició a los intereses de grupos yihadistas y redes de tráfico ilegal que operan en la zona limítrofe entre ambos países.

La mediación rusa en el Sahel

Rusia ha buscado activamente expandir su influencia en el Sahel, una región tradicionalmente bajo la órbita de Francia. El acercamiento entre Malí y Argelia representa un avance significativo para Moscú, que ha intensificado su presencia militar y diplomática en África Occidental en los últimos años. La mediación rusa ha sido clave para superar los puntos muertos en las negociaciones.

El acuerdo alcanzado el 10 de julio no solo restablece las relaciones diplomáticas plenas, sino que abre la puerta a una cooperación renovada en materia de seguridad y lucha contra el terrorismo en el Sahel. Ambos países comparten una larga frontera desértica, donde operan grupos afiliados a Al Qaeda y al Estado Islámico.

Implicaciones para la estabilidad saheliana

La reconciliación entre Malí y Argelia supone un cambio en los equilibrios regionales. Francia, que mantiene una presencia militar residual en el Sahel, ha visto cómo su influencia es progresivamente sustituida por la de Rusia, que ya cuenta con efectivos del grupo Wagner desplegados en varios países de la zona. Para España, la evolución del Sahel tiene un interés estratégico directo, tanto por el control de las rutas migratorias hacia las islas Canarias como por la seguridad en el flanco sur de la OTAN.

Según fuentes diplomáticas, el siguiente paso podría ser la reapertura de la frontera terrestre entre ambos países, cerrada desde el inicio de la crisis, y la reactivación de patrullas conjuntas contra el contrabando y el terrorismo. Níger, que actuó como mediador junto a Rusia, consolida así su papel como potencia estabilizadora en la región.