Mientras los satélites se multiplican, las tensiones geopolíticas aumentan y la gobernanza espacial se vuelve más compleja, el Comité de Naciones Unidas para el Uso Pacífico del Espacio Exterior (COPUOS) y la Oficina de Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Exterior (UNOOSA) enfrentan una presión creciente para mantener viva la cooperación internacional. Así lo plantea la analista Judith Delany en un artículo de opinión publicado este jueves.

Delany recuerda que COPUOS, creado en 1959, fue concebido como un foro técnico y diplomático para evitar la militarización del espacio. Sin embargo, el contexto actual —con la multiplicación de megaconstelaciones de satélites, la militarización abierta por parte de varias potencias y la creciente congestión orbital— está poniendo a prueba su capacidad de adaptación.

El llamado «espíritu de Viena», que guió las negociaciones durante décadas, se fundaba en la confianza mutua y la cooperación técnica. Pero para la autora, ese espíritu corre el riesgo de evaporarse si los Estados miembros no logran acordar normas vinculantes que vayan más allá de las directrices voluntarias actuales.

Una gobernanza desbordada

Uno de los puntos críticos que señala Delany es la falta de representatividad y capacidad operativa de COPUOS. Con solo 30 personas en su secretaría técnica, la estructura actual parece insuficiente para gestionar los desafíos del siglo XXI. «No se puede gestionar un entorno orbital con decenas de miles de satélites activos con un equipo que apenas cabe en una sala de conferencias», escribe la autora.

Además, las tensiones geopolíticas —particularmente entre Estados Unidos, China y Rusia— están trasladando al espacio las rivalidades terrestres. La falta de un marco regulatorio común para actividades como la minería de asteroides, la eliminación de basura espacial o el uso de armas antisatélite amenaza con convertir el espacio en un nuevo campo de confrontación.

Para Delany, la solución pasa por reforzar el mandato de UNOOSA y dotar a COPUOS de recursos y capacidad de decisión vinculante. «Sin un compromiso político real de las grandes potencias, el espíritu de Viena será solo un recuerdo y el espacio se convertirá en un escenario más de la ley del más fuerte», concluye.