La política de defensa europea ha sido definida como un constante vaivén de decisiones no implementadas que solo cristalizó tras la invasión rusa de Ucrania. El concepto, necesario en la posguerra mundial para relanzar la economía y evitar el rearme alemán, resurge ahora con el objetivo de preservar la integridad continental frente al expansionismo ruso.
Desde la Comunidad Europea de Defensa (CED) de 1952, que nunca llegó a ratificarse, hasta la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) actual, la trayectoria ha estado marcada por la falta de voluntad política y la dependencia del paraguas estadounidense. La guerra en Ucrania, iniciada en febrero de 2022, supuso un punto de inflexión al acelerar la creación del Fondo Europeo de Apoyo a la Paz y la Brújula Estratégica, que aspira a dotar a la UE de una capacidad de acción militar autónoma.
El análisis, desarrollado por analistas de defensa, subraya que la integración en defensa ha sido siempre una asignatura pendiente, salvo en contadas excepciones como la cooperación industrial en proyectos como el Eurofighter o el programa A400M. Sin embargo, la agresión rusa ha reavivado el debate sobre la necesidad de una defensa común, aunque las divergencias entre los Estados miembros, especialmente en lo relativo a la soberanía militar, siguen siendo profundas.
El historiador militar británico Lawrence Freedman señaló recientemente que «la UE ha demostrado una capacidad de reacción inesperada, pero la voluntad de invertir sigue siendo el talón de Aquiles». Mientras tanto, el Instituto Europeo de Estudios de Seguridad calcula que los presupuestos militares conjuntos de la UE crecieron un 15% en 2025, aunque todavía lejos del objetivo del 2% del PIB marcado por la OTAN.
La asignatura sigue abierta, pero la invasión de Ucrania ha demostrado que, cuando existe una amenaza común, la UE es capaz de superar sus históricas divisiones en defensa.




