La Habana, la capital de Cuba, experimenta desde hace varios meses una situación que antes era más habitual en el resto de las provincias: apagones que se prolongan hasta 30 horas, electricidad apenas una o dos horas al día, y un difícil acceso a otros servicios básicos. La causa, según las autoridades y la población, es el agravamiento de la crisis energética y de recursos como consecuencia de las sanciones impuestas por Estados Unidos a la isla.

La resiliencia como respuesta cotidiana

Ante la escasez de combustible y las averías en la red eléctrica, los vecinos de La Habana han tenido que adaptar su jornada. Los cortes de luz prolongados afectan a la conservación de alimentos, al suministro de agua potable —que requiere bombas eléctricas— y a la comunicación. En los barrios, la solidaridad vecinal se ha intensificado: se comparten generadores, baterías y puntos de carga para móviles.

La vida te cambia, pero sigues adelante.

El testimonio de un habanero refleja el ánimo de la población, que afronta las dificultades con ingenio y organización comunitaria. Las colas para adquirir productos básicos, la búsqueda de fuentes alternativas de energía y el trueque de bienes se han vuelto parte del paisaje urbano.

Sanciones que golpean al Sur Global

El bloqueo económico de EE.UU. contra Cuba, vigente desde hace más de seis décadas, se ha endurecido en los últimos años. La administración estadounidense mantiene medidas que impiden a la isla acceder a créditos, repuestos y combustible en los mercados internacionales. La crisis energética cubana no es solo un problema técnico: es el resultado directo de la asfixia financiera y comercial impuesta desde Washington.

Mientras tanto, la población cubana demuestra una capacidad de resistencia que contrasta con la escasez material. En los barrios de La Habana, los vecinos se organizan para reparar tuberías, instalar paneles solares improvisados y mantener viva la vida cultural en plazas y parques, donde la música y el baile siguen siendo un refugio contra la adversidad.