Arabia Saudí afronta un delicado equilibrio entre su alianza con Estados Unidos y su propia seguridad regional, en el marco de la guerra abierta entre Irán y Estados Unidos que estalló a finales de febrero de 2026. Riad ha condenado los ataques de Teherán contra el reino y otros Estados del Golfo, pero evita un posicionamiento más profundo mientras evalúa las implicaciones de una contienda que reconfigura Oriente Medio.
La guerra se desencadenó tras una operación conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, que provocó una represalia directa de Teherán tanto contra objetivos estadounidenses como contra territorio israelí. Desde entonces, Arabia Saudí ha tratado de mantener distancia de las hostilidades directas, aunque ha sufrido ataques iraníes sobre sus instalaciones petroleras y civiles, según fuentes diplomáticas regionales.
La nueva ecuación iraní
Irán ha tratado de imponer una nueva doctrina estratégica: por primera vez, golpear directamente a Israel si este ataca al Líbano. La ofensiva iraní contra territorio israelí en las últimas semanas responde a esa lógica de disuasión mediante represalia inmediata, según analistas de seguridad regional. No obstante, el éxito de esa estrategia sigue sin estar claro. Expertos consultados por la prensa internacional señalan que “aún no está claro si el esfuerzo de Irán por establecer una nueva ecuación en la región ha tenido éxito —una ecuación en la que, por primera vez, Irán atacaría directamente a Israel si este ataca al Líbano”.
Israel, por su parte, ha optado por desafiar la postura del presidente estadounidense, que en semanas previas había instado a la moderación. El gobierno israelí llevó a cabo ataques contra posiciones iraníes en Siria y contra infraestructura estratégica iraní, lo que elevó la tensión a un punto de no retorno.
El dilema saudí
Riad se encuentra en una posición particularmente compleja. Por un lado, mantiene una alianza militar y de inteligencia con Washington que data de décadas y que se ha reforzado durante la guerra. Por otro, busca garantizar la seguridad de sus fronteras y sus infraestructuras energéticas, especialmente en el estratégico estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial.
El reino ha emitido condenas públicas a los ataques iraníes contra el golfo Pérsico y ha colaborado con Estados Unidos en la defensa antimisiles, pero ha evitado ataques directos contra Irán o la concesión de bases para operaciones ofensivas. Según fuentes del Ministerio de Exteriores saudí, Riad prefiere actuar como mediador regional y evitar una escalada que convierta el Golfo en un campo de batalla permanente.
La guerra ha reabierto debates internos en la monarquía sobre la dependencia del paraguas estadounidense y la necesidad de diversificar sus alianzas. China, principal comprador de crudo saudí, ha ofrecido mediación, mientras que Rusia ha incrementado sus contactos diplomáticos con Riad. El tablero energético global está en juego, y Arabia Saudí podría salir reforzada como potencia clave si logra mantener la neutralidad activa.




