Mantener la disuasión en el Indo-Pacífico y en todo el mundo exige que la Armada de Estados Unidos cambie lo que construye y cómo combate. Así lo plantea un análisis especializado que recoge las observaciones del senador republicano Roger Wicker. En 2024, Wicker advirtió de que el enfoque estadounidense para el diseño de flotas y la construcción de buques es «demasiado pequeño y demasiado viejo».

Según este análisis, el actual modelo de poder naval no puede escalar a la velocidad que exige la guerra moderna. La guerra con Irán, señalan los analistas, está exponiendo límites críticos: los buques de alta gama se consumen en operaciones sostenidas, los inventarios de munición se agotan y los plazos de reposición de armamento sofisticado se alargan durante años. Frente a un adversario más capaz, como China, esas limitaciones serían aún más graves.

La Armada necesita masa precisa, y esta es la forma de conseguirla.

El argumento central del análisis es que la Armada debe buscar una combinación de plataformas de alto y bajo coste, priorizando la producción en serie de sistemas más simples y desplegables en mayor número. La idea es lograr una flota más equilibrada, capaz de sostener operaciones prolongadas sin comprometer la capacidad frente a potencias rivales como China.

Implicaciones para el Indo-Pacífico

La propuesta llega en un momento en que la competición estratégica en el Indo-Pacífico se intensifica. El Pentágono ha reconocido en documentos oficiales la necesidad de modernizar la flota para disuadir a Pekín, aunque las decisiones concretas de construcción naval siguen sujetas a debates presupuestarios en el Congreso. El senador Wicker, miembro del Comité de Servicios Armados, aboga por una revisión estructural que acelere los plazos de construcción y reduzca la dependencia de buques excesivamente caros y largos de fabricar.

La semana pasada, la Armada publicó su plan de construcción naval a 30 años, que prevé aumentar el número de buques de combate hasta 381 unidades para 2050, pero los críticos sostienen que el ritmo actual sigue siendo insuficiente. El análisis añade presión al debate al señalar que la guerra contra Irán ha servido como banco de pruebas de las debilidades del modelo actual, que los autores consideran insostenible para un conflicto de alta intensidad.