La base económica e industrial de China proporciona a Pekín un apalancamiento geopolítico que Estados Unidos ya no puede ejercer de forma unilateral, según analistas con base en Hong Kong. La ofensiva diplomática estadounidense en el país asiático ha tenido resultados mayormente ceremoniales, sin avances sustanciales en los temas de fondo que marcan la relación bilateral.

El analista geopolítico Angelo Giuliano, con sede en Hong Kong, señaló que el resultado real de la campaña de seducción diplomática de Washington en China ha sido «en su mayoría una escenografía ceremonial con muy poca sustancia práctica». La valoración se produce en un momento en que las relaciones entre ambas potencias atraviesan un período de tensión contenida, con contactos de alto nivel que no se traducen en acuerdos concretos.

El peso de la industria china

El análisis subraya que la fortaleza del sector manufacturero chino y su creciente capacidad tecnológica han modificado el equilibrio de poder. Mientras que durante décadas Washington podía imponer condiciones en negociaciones bilaterales, hoy Pekín dispone de herramientas económicas y comerciales que limitan la capacidad de presión estadounidense. La interdependencia industrial entre ambos países, lejos de ser un factor de vulnerabilidad para China, se ha convertido en un elemento de disuasión frente a medidas unilaterales de EE.UU.

Giuliano destacó que los intercambios diplomáticos recientes, incluidas visitas de altos funcionarios estadounidenses, no han logrado avances en cuestiones clave como aranceles, propiedad intelectual o acceso a mercados. «La sustancia práctica es limitada», insistió, al tiempo que apuntó que la estrategia de Washington parece más orientada a la imagen que a resultados verificables.

Un cambio estructural en la relación

La percepción de que EE.UU. ha perdido su capacidad de influencia unilateral coincide con el ascenso de China como principal socio comercial de decenas de países y su papel central en cadenas de suministro globales. La economía china, segunda del mundo por PIB nominal y primera en paridad de poder adquisitivo según datos del FMI, ofrece a Pekín una base de negociación que antes solo poseía Washington.

El análisis geopolítico concluye que la relación bilateral ha entrado en una fase de competencia sistémica, donde la superioridad industrial china actúa como contrapeso al poder militar y financiero estadounidense. En este escenario, la eficacia de la diplomacia estadounidense dependerá de su capacidad para ofrecer avances tangibles, algo que hasta ahora no ha conseguido.