La organización de la Copa del Mundo podría profundizar los problemas urbanos ya existentes en las principales ciudades de México, según advierte un estudio académico. El torneo, que comenzará el 13 de junio de 2026, pondrá en jaque el bolsillo de los mexicanos y podría exacerbar las desigualdades sociales, la falta de transparencia y la distribución desigual de las inversiones en las sedes.

Un legado urbano incierto

El informe, elaborado por investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), señala que la celebración del evento en Ciudad de México (centro), Guadalajara (occidente) y Monterrey (norte) podría agravar la gentrificación, el encarecimiento de la vivienda y la presión sobre los servicios públicos. «Los grandes eventos deportivos suelen exacerbar las desigualdades preexistentes y, en el caso de México, el riesgo es alto debido a la falta de mecanismos de transparencia en la gestión de los recursos», explica el coordinador del estudio, Juan Carlos Ramírez.

La Copa del Mundo podría aumentar la presión sobre el transporte público, el suministro de agua y la seguridad en las ciudades sede, mientras que los beneficios económicos se concentrarían en pocas manos.

El estudio estima que el torneo requerirá una inversión de miles de millones de pesos en infraestructura, pero advierte que solo una parte llegará a mejorar las condiciones de vida de los habitantes. «El riesgo de que las obras se conviertan en un negocio para unos pocos y dejen una deuda a las ciudades es real», señala el informe.

El bolsillo de los mexicanos, en el centro

Los investigadores alertan de que el evento disparará los precios de alimentos, transporte y alojamiento en las sedes, lo que afectará especialmente a las familias de menores ingresos. «La experiencia de otros países anfitriones muestra que el encarecimiento del costo de vida se siente sobre todo entre los sectores más vulnerables», afirma el estudio.

México albergará por tercera vez la Copa del Mundo, tras las ediciones de 1970 y 1986, y los académicos recuerdan que en aquellas ocasiones el legado no siempre fue positivo. «En 1986, la deuda heredada por las obras fue un lastre para la economía mexicana durante años», concluye el estudio.