Keiko Fujimori ha sido proclamada presidenta de Perú, marcando el regreso del fujimorismo al poder después de más de 25 años desde que su padre, Alberto Fujimori, abandonara la presidencia. La proclamación, reportada el 4 de julio de 2026, supone un hito político en el país andino, donde la figura del expresidente Alberto Fujimori sigue siendo objeto de controversia.

La nueva mandataria asume el cargo en un contexto de polarización y con la sombra de su padre, cuyo legado político y judicial divide a la sociedad peruana. Expertos consultados por medios locales señalan que la gestión de Keiko Fujimori deberá debatirse entre dos enfoques: el «copamiento institucional», heredado del estilo autoritario de su padre, o la apuesta por un perfil «liberal y republicano» que marque distancia con el pasado.

Keiko Fujimori, lideresa del partido Fuerza Popular, ha intentado en tres ocasiones anteriores alcanzar la presidencia, sin éxito. Su victoria electoral se produce tras una campaña en la que prometió mano dura contra la delincuencia y reactivación económica. Sin embargo, su pasado político –incluyendo investigaciones por corrupción– y su vinculación con el expresidente Alberto Fujimori, condenado por violaciones de derechos humanos, generan dudas sobre la direccción de su mandato.

El peso de la herencia familiar

Alberto Fujimori gobernó Perú entre 1990 y 2000, y su régimen estuvo marcado por la lucha contra la guerrilla de Sendero Luminoso, pero también por graves violaciones de derechos humanos y un autogolpe en 1992. Tras su condena en 2009, permaneció en prisión hasta 2023, cuando fue liberado por razones humanitarias. Su figura sigue siendo polarizante: para sus seguidores, «salvó al país del caos»; para sus detractores, representa la corrupción y el autoritarismo.

Keiko Fujimori, por su parte, ha buscado desmarcarse en ocasiones de su padre, pero su discurso político continúa apelando a la nostalgia del fujimorismo. Analistas citados por medios internacionales advierten que la nueva presidenta «tendrá que equilibrar el legado familiar con la necesidad de construir una imagen propia». El desafío, según las fuentes, será demostrar que su gobierno no replicará las prácticas autoritarias del pasado.