La disputa global por el control de los minerales críticos ha añadido un nuevo frente: el fosfato, componente esencial de los fertilizantes y, por tanto, pilar de la seguridad alimentaria. Con China restringiendo sus exportaciones de fósforo, Estados Unidos mira cada vez más al Magreb, donde Marruecos y Túnez poseen algunas de las mayores reservas del mundo, para garantizar el suministro de sus campos de cultivo.
Marruecos, el gigante del fosfato
Marruecos alberga, a través de la empresa estatal OCP, aproximadamente el 70% de las reservas mundiales de fosfato. Esta posición le convierte en un actor estratégico para países como Estados Unidos, que busca diversificar sus fuentes ante la creciente asfixia china sobre los minerales críticos. La dependencia estadounidense se intensifica a medida que Pekín utiliza sus recursos como herramienta geopolítica, restringiendo la exportación de fósforo y otros elementos clave para la industria y la agricultura.
Túnez, por su parte, cuenta con importantes yacimientos de fosfato, aunque su producción se ha visto afectada por la inestabilidad política y las huelgas en los últimos años. No obstante, el país norteafricano sigue siendo un proveedor relevante en la ecuación de la seguridad alimentaria global.
Una alianza estratégica frente a Pekín
La carrera por asegurarse el acceso al fosfato magrebí está reconfigurando alianzas. Para Washington, Marruecos se consolida como un socio clave no solo en el ámbito de la defensa y la diplomacia, sino también en la cadena de suministro de alimentos. Esta dinámica refuerza la posición geopolítica de Rabat, que puede negociar desde una posición de fuerza tanto con Estados Unidos como con la Unión Europea.
Para España, la creciente relevancia del fosfato marroquí en la estrategia estadounidense tiene lecturas directas: el suministro de fertilizantes, la dependencia energética y alimentaria del Magreb, y la necesidad de mantener relaciones estables con un vecino que controla un recurso cada vez más codiciado.




