La transición energética global está entrando en una nueva fase definida más por la restricción que por la ambición. El hidrógeno verde, considerado durante años como un pilar central de la descarbonización industrial, enfrenta múltiples obstáculos técnicos, económicos y de escala que están retrasando su despliegue más allá de las expectativas iniciales, según un análisis del sector energético mediterráneo.

Las limitaciones afectan tanto a los costes de producción como a la infraestructura necesaria para su transporte y almacenamiento. La electrólisis, proceso clave para obtener hidrógeno a partir de energía renovable, sigue siendo hasta tres veces más cara que la producción de hidrógeno gris a partir de gas natural, según estimaciones del sector. Además, la falta de una red de tuberías y estaciones de repostaje adecuadas limita su adopción en sectores como el transporte pesado o la siderurgia.

El análisis señala que el declive del net-zero como prioridad geopolítica en algunas economías avanzadas ha reducido el impulso político y financiero hacia proyectos de hidrógeno renovable. En Europa, el ambicioso plan REPowerEU, que preveía producir 10 millones de toneladas de hidrógeno verde para 2030, se enfrenta a retrasos en la ejecución de proyectos clave como el corredor H2Med entre España, Francia y Portugal.

España, con uno de los mayores potenciales de energía solar y eólica de la UE, ha apostado fuerte por el hidrógeno verde a través del PERTE de Energías Renovables, Hidrógeno Renovable y Almacenamiento. Sin embargo, la incertidumbre regulatoria y los altos costes iniciales están frenando las inversiones privadas, según fuentes del sector.

La competencia de otras tecnologías

La competencia de otras tecnologías, como las baterías de larga duración o los combustibles sintéticos, también resta protagonismo al hidrógeno verde. Mientras tanto, proyectos piloto en Alemania, Países Bajos y Noruega avanzan lentamente, a la espera de que los costes caigan lo suficiente para competir sin subsidios masivos.

El análisis concluye que la transición energética global necesitará soluciones pragmáticas y diversificadas, y que el hidrógeno verde, aunque inevitable en el largo plazo, no será la solución milagrosa que se había pronosticado.