En 2026, la política comercial hacia los vehículos eléctricos chinos ha evidenciado una fisura creciente entre Estados Unidos y sus aliados occidentales. Mientras Washington mantiene aranceles elevados para proteger su industria automotriz nacional, Canadá y la Unión Europea han optado por abrir sus mercados a los fabricantes chinos como BYD y SAIC.

La decisión de los aliados responde a dos prioridades: contener la inflación y acelerar la transición energética mediante la oferta de vehículos asequibles. „Canadá y la UE entienden que, sin acceso a modelos chinos, cumplir los objetivos climáticos será más caro y lento”, señala un informe de la consultora automotriz JATO Dynamics.

Por su parte, la Administración estadounidense insiste en que los aranceles son necesarios para reducir la dependencia de China en una cadena de suministro crítica, y para dar tiempo a que los fabricantes locales —como Tesla, Ford y GM— consoliden su producción de baterías y vehículos eléctricos. Sin embargo, analistas alertan de que esta estrategia podría aislar a EE.UU. del mercado global y encarecer la transición para los consumidores estadounidenses.

Una brecha estratégica en el bloque occidental

La divergencia no es solo comercial, sino geopolítica. Mientras EE.UU. refuerza su postura de reshoring, Canadá ha eliminado aranceles a los vehículos eléctricos chinos desde principios de año, y la UE ha reducido las barreras tras una revisión de su política antidumping. La medida ha sido celebrada por Pekín, que ve en estos mercados una salida para su excedente de producción, pero ha generado críticas entre los sindicatos occidentales, que temen una pérdida de empleos en el sector.

Según la patronal europea del automóvil, ACEA, las importaciones de vehículos chinos podrían duplicarse en 2026, alcanzando el 15% del mercado europeo de EVs. Para EE.UU., en cambio, las importaciones desde China apenas representan un 2%, y las barreras actuales las mantendrían por debajo del 5% hasta 2028.

La apertura de Canadá y la UE no es un gesto de buena voluntad, sino una decisión pragmática para abaratar la electrificación. EE.UU. se queda atrás en esta carrera, arriesgando su competitividad a largo plazo.

Fabricantes chinos como BYD ya han anunciado planes de construcción de plantas en Hungría y México, este último como plataforma para el mercado norteamericano, aunque sujeto a las reglas de origen del T-MEC. La tensión entre los aliados amenaza con enconarse si Washington aplica sanciones secundarias a empresas canadienses o europeas que comercien con la industria china de baterías.