China ha intensificado su ofensiva diplomática en el seno de las Naciones Unidas para erigirse en el principal referente de la gobernanza global de la inteligencia artificial, en un movimiento que desafía directamente el liderazgo tecnológico de Estados Unidos. Durante una reunión celebrada el pasado 5 de mayo, el viceministro de Ciencia y Tecnología chino defendió el papel de Pekín en la elaboración de marcos reguladores internacionales que determinarán cómo debe desarrollarse y utilizarse esta tecnología.
La intervención en la ONU se produjo apenas una semana después de que dos destacados expertos chinos en inteligencia artificial participaran por videoconferencia en una mesa redonda en el Congreso de Estados Unidos organizada por el senador Bernie Sanders, donde presumieron de las contribuciones de China a la seguridad y la cooperación en este ámbito. Esta doble ofensiva —en Nueva York y Washington— refleja una estrategia coordinada de Pekín para presentarse como un actor responsable y fiable, frente a las crecientes reticencias occidentales.
El momento no es casual: las normas y estándares sobre el desarrollo y la aplicación de la inteligencia artificial aún están en fase de definición, y quien logre imponer su modelo gozará de una ventaja estratégica decisiva. China aspira a ser un fijador de estándares, no un seguidor, lo que le permitiría consolidar su posición tecnológica y reducir la influencia estadounidense. La ofensiva diplomática china se apoya en su capacidad de inversión en I+D y en su ambición de exportar su modelo de control estatal aplicado a la inteligencia artificial.




