La inversión directa de China en Europa alcanzó en 2025 su nivel más alto en siete años, impulsada por un repunte de fusiones, adquisiciones y nuevos proyectos industriales en países como Alemania, Francia y Hungría, según datos recopilados por la consultora Rhodium Group y el instituto MERICS.
El dato, publicado en mayo de 2026, rompe la tendencia de caída registrada desde el pico de 2016 y refleja un renovado apetito inversor chino en sectores estratégicos como automoción, energías renovables y tecnología. Las operaciones se concentraron en economías centrales de la Unión Europea, aunque también destacaron proyectos greenfield en países del este como Hungría, donde Pekín ha impulsado la fabricación de baterías para vehículos eléctricos.
Un giro frente al discurso del desacoplamiento
El incremento contrasta con la narrativa de contención comercial impulsada por Bruselas y Washington en los últimos años. La Unión Europea ha endurecido los controles a las inversiones extranjeras en ámbitos considerados estratégicos, pero ello no ha frenado el flujo de capital chino. Según los informes citados, el volumen total de inversión en 2025 superó los 14.000 millones de euros, una cifra que no se registraba desde 2018.
Este repunte sugiere que, a pesar de las tensiones geopolíticas, los inversores chinos siguen viendo en Europa un destino prioritario para su expansión global, especialmente en sectores donde la tecnología europea y la capacidad industrial resultan complementarias.
Alemania y Francia concentraron la mayor parte de las adquisiciones, con operaciones destacadas en la industria automovilística y de componentes electrónicos. Hungría, por su parte, se consolidó como el principal receptor de inversión china en Europa central y del este, con varios proyectos de factorías de baterías y procesado de materiales críticos.
El repunte de la inversión china en Europa se produce en un contexto de creciente competencia global por los recursos y la tecnología. Pekín busca asegurarse el acceso a mercados y conocimientos clave, mientras que los gobiernos europeos oscilan entre la atracción del capital extranjero y la protección de sus industrias sensibles.




