El buque de desembarco LST-95 Chacabuco, de la Armada de Chile, ha cumplido 40 años de servicio ininterrumpido en los canales del sur del país. Construido en los Astilleros y Maestranzas de la Armada (ASMAR) en Talcahuano, según planos de la clase Batral francesa, su quilla se colocó el 6 de abril de 1984 y fue botado el 16 de agosto de 1985. El 27 de mayo de 1986 izó el pabellón nacional en una ceremonia oficial.

El Chacabuco, cuyo primer comandante fue el capitán de fragata Alfredo Giuliano Ramírez, ha sido pieza clave en la logística de las regiones australes, donde los canales se estrechan y el viento es implacable. Su capacidad anfibia y de transporte lo ha convertido en un coloso de acero indispensable para la conexión de los confines de Chile.

Un reemplazo en el horizonte

La veteranía del LST-95 no ha pasado desapercibida para la Armada, que ya trabaja en su relevo a través del Proyecto Escotillón IV. Este plan, según fuentes de la institución naval, busca renovar las capacidades anfibias y logísticas del país, adaptándose a las exigencias del siglo XXI. Aunque no se han revelado plazos concretos ni el diseño definitivo, el proyecto avanza en una fase de definición de requerimientos.

El Chacabuco ha unido los confines de Chile durante cuatro décadas, pero su reemplazo es una necesidad estratégica para mantener la proyección de la Armada en el sur austral.

Mientras tanto, el buque sigue en servicio activo, demostrando que la veteranía no está reñida con la operatividad. La Armada chilena confía en que, hasta la llegada de su sustituto, el Chacabuco continuará desempeñando su labor con la misma eficacia que ha mostrado desde 1986.