Un nuevo brote de ébola en la República Democrática del Congo ha encendido todas las alarmas sanitarias. La localidad de Induri, en el este del país, concentra el epicentro de una epidemia que ya ha causado más de 100 fallecidos y acumula 550 casos confirmados, según los últimos datos facilitados por el Ministerio de Sanidad congoleño.

La crisis humanitaria se agrava por la presencia de múltiples grupos armados que operan en la región. La inseguridad limita el acceso de los equipos médicos internacionales a los campamentos de desplazados y dificulta las tareas de rastreo de contactos, vacunación y entierros seguros. Las organizaciones humanitarias sobre el terreno advierten de que la capacidad de respuesta es insuficiente para contener la expansión del virus.

Un contexto explosivo

El este de la RD Congo arrastra décadas de conflicto armado, con decenas de milicias que compiten por el control de recursos minerales. Esta violencia recurrente ha desplazado a millones de personas, muchas de las cuales viven en condiciones de hacinamiento y sin acceso a agua potable ni saneamiento básico, lo que favorece la propagación del ébola. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha activado sus mecanismos de emergencia y coordina con las autoridades locales el envío de vacunas y equipos de protección.

La comunidad internacional ha mostrado su preocupación por el riesgo de que el brote cruce las fronteras congoleñas, aunque por ahora los casos se limitan a la provincia de Kivu del Norte. La OMS recuerda que el ébola tiene una tasa de letalidad que puede superar el 50% si no se trata a tiempo.