La Fuerza Aérea Brasileña (FAB) interceptó el pasado 21 de mayo una aeronave irregular que ingresó sin autorización en la Zona de Identificación de Defensa Aérea (ZIDA 41) en la frontera con Venezuela. El avión, presuntamente vinculado al narcotráfico, fue forzado a amerizar en un río del estado amazónico de Roraima, al noroeste de la capital, Boa Vista, tras la intervención de un caza A-29 Súper Tucano.

La operación, que contó con la participación de la Policía Federal brasileña, se enmarca en las tareas de vigilancia y control del espacio aéreo del país. Según fuentes de la FAB, la tripulación de la aeronave interceptada no cumplió con las normas de defensa aérea, lo que obligó al piloto del caza a maniobrar para forzar el amerizaje. No se han precisado detalles sobre el número de ocupantes ni su estado, aunque se trata del segundo incidente similar en lo que va de 2026, según registros oficiales.

Un patrón creciente en Sudamérica

La interceptación de aeronaves sospechosas de narcotráfico es una práctica habitual en la región amazónica, donde las rutas ilegales conectan zonas de producción de droga en Colombia, Perú y Venezuela con los mercados de Brasil y Europa. Brasil emplea cazas ligeros como el A-29 Súper Tucano —fabricado por la brasileña Embraer— para misiones de interdicción aérea, dado su bajo coste operativo y capacidad para operar en pistas cortas y terrenos selváticos. La FAB ha intensificado los vuelos de patrullaje en la región de la ZIDA 41, que cubre un área de más de 200 kilómetros desde la frontera, con el objetivo de disuadir el tráfico ilícito.

El uso de aviones de ataque ligero como el Súper Tucano permite a Brasil realizar operaciones de interdicción con un gasto reducido: cada hora de vuelo cuesta aproximadamente 1.000 dólares, frente a los más de 10.000 de un caza pesado. Esta eficiencia ha llevado a que otras fuerzas aéreas de la región, como las de Colombia y Perú, adquieran modelos similares para combatir el narcotráfico en sus respectivas fronteras amazónicas.