Belfast, capital de Irlanda del Norte, ha sido escenario de décadas de violencia desde la partición de la isla en la década de 1920. Tras la guerra de independencia irlandesa, el conflicto entre el Ejército Republicano Irlandés (IRA) y las fuerzas británicas derivó en la división de Irlanda: al sur, el Estado Libre Irlandés, de mayoría católica, mientras que seis condados del Úlster, de mayoría protestante, permanecieron bajo soberanía británica como Irlanda del Norte, con Belfast como capital.
La minoría católica en el norte continuó defendiendo la reunificación de la isla, una causa impulsada políticamente por el Sinn Féin. Este pulso territorial desembocó en el conflicto conocido como The Troubles (los disturbios), un periodo de violencia sectaria entre republicanos (mayoritariamente católicos) y unionistas (mayoritariamente protestantes), con la intervención del Ejército británico, que se prolongó desde finales de la década de 1960 hasta el Acuerdo de Viernes Santo de 1998.
Durante tres décadas, los enfrentamientos armados, los atentados con bomba y los tiroteos causaron más de 3.500 muertos. Belfast fue el epicentro de una espiral de violencia que marcó a generaciones enteras. El acuerdo de paz de 1998, que estableció un gobierno de poder compartido entre unionistas y republicanos, logró reducir drásticamente la violencia, aunque las tensiones comunitarias persisten en la actualidad.
La historia de Belfast es un recordatorio de cómo las divisiones territoriales y las identidades enfrentadas pueden derivar en un largo conflicto. En el contexto actual, Irlanda del Norte sigue siendo un punto sensible en las relaciones entre el Reino Unido y la Unión Europea, especialmente tras el Brexit, que reabrió el debate sobre la frontera y la posible reunificación.




