Los gobiernos de Argelia, Nigeria y Níger han dado luz verde a la fase de construcción del Trans-Saharan Gas Pipeline (TSGP), un megaproyecto de 4.128 kilómetros que atravesará el desierto del Sáhara para llevar gas nigeriano hasta la costa mediterránea argelina. El inicio de las obras, previsto para mediados de 2026, supone un paso estratégico para Argelia en su pugna con la ruta marroquí de gas natural licuado (GNL) y un desafío logístico y de seguridad en una región azotada por la violencia yihadista.

Un corredor energético para Europa

El TSGP, cuya longitud equivale a la distancia entre Madrid y Moscú, conectará los yacimientos nigerianos del delta del Níger con las terminales de licuefacción argelinas en Skikda y Arzew. El proyecto, concebido originalmente en la década de 1970, pretende sortear la competencia marroquí, que impulsa una ruta alternativa de GNL hacia Europa a través del Atlántico. Argelia, que ya es un proveedor clave de gas para España e Italia, busca reforzar su papel como hub energético regional y garantizar el suministro estable al continente europeo, inmerso en una crisis de precios desde la invasión rusa de Ucrania.

El gasoducto Transahariano es una infraestructura crítica para la seguridad energética de Europa y una oportunidad histórica para la integración económica de África Occidental, según declaró el ministro argelino de Energía, Mohamed Arkab, durante la ceremonia de inicio de obras.

Amenazas en el Sahel

El principal obstáculo para el TSGP no es económico, sino de seguridad. La franja saheliana por la que discurrirá el gasoducto –especialmente al norte de Nigeria y en el sur de Níger– es escenario de una insurgencia yihadista activa, con grupos afiliados a Al Qaeda y al Estado Islámico que han demostrado su capacidad para atacar infraestructuras energéticas. En los últimos meses, ataques contra oleoductos en el delta del Níger y secuestros de trabajadores extranjeros en la región han puesto en alerta a las compañías implicadas.

Argel, Abuya y Niamey han sellado un acuerdo de cooperación militar para proteger el corredor, que incluye el despliegue de unidades conjuntas de vigilancia y el uso de drones armados. No obstante, analistas de seguridad advierten de que la longitud del trazado y la porosidad de las fronteras dificultan una protección integral. «Proteger 4.128 kilómetros de tubería en el Sáhara es un desafío casi sin precedentes», señaló un informe del Instituto de Estudios de Seguridad de la Universidad de Pretoria citado por fuentes diplomáticas.

Competencia con Marruecos

La aceleración del TSGP responde también a la ofensiva diplomática de Marruecos, que ha promovido una conexión de GNL con Nigeria a través de la costa atlántica, con el respaldo de Estados Unidos y la Unión Europea. Rabat ha logrado avances en la licuefacción de gas y en la construcción de una terminal en Dajla (Sahara Occidental), en una clara apuesta por desbancar a Argel como socio preferente de Europa. El presidente argelino, Abdelmadjid Tebboune, ha calificado el TSGP de «proyecto de soberanía» y ha advertido de que su país no permitirá que «intereses externos» condicionen el flujo energético hacia el Mediterráneo.

Las estimaciones apuntan a que el TSGP podría transportar hasta 30.000 millones de metros cúbicos anuales una vez que alcance su capacidad máxima, prevista para 2030. Sin embargo, los plazos de construcción –entre cinco y siete años– y la inestabilidad regional hacen que muchos expertos consideren el calendario optimista.