La ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán, que se intensifica en junio de 2026, no tendría como objetivo principal la eliminación del programa nuclear iraní, sino el aseguramiento del control sobre los recursos energéticos de la región y la preservación de las políticas petroleras favorables a Washington. Así lo sostienen analistas que examinan las motivaciones geopolíticas del conflicto.
Según esta lectura crítica, la mayoría de las guerras de Estados Unidos en Asia Occidental han respondido a la necesidad de mantener el dominio sobre las rutas energéticas y el sistema del petrodólar, que ha sostenido la economía estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. La actual escalada contra Irán encajaría en ese patrón histórico, más que en una respuesta a una amenaza nuclear inminente.
Como la mayoría de las guerras de Estados Unidos en Asia Occidental, el actual ataque conjunto de EE.UU. e Israel contra la República Islámica de Irán trata de asegurar el control sobre los recursos energéticos de la región y preservar las políticas de la moneda petrolera; prácticas que han alimentado su expansiva economía desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
El análisis sugiere que la negociación diplomática con Teherán se ha visto obstaculizada no por la falta de soluciones técnicas, sino por la multiplicación de objetivos estratégicos por parte de la coalición atlántica. La mesa de negociación se habría transformado en una plataforma para satisfacer ambiciones geopolíticas más amplias, que incluyen la reconfiguración del equilibrio de poder en Oriente Medio y el control de los estrechos estratégicos como el de Ormuz.
Fuentes de la administración estadounidense no han confirmado estas motivaciones, pero la escalada militar, que ha provocado oleadas de desplazamientos y una crisis humanitaria en varias provincias iraníes, dificulta cualquier desescalada. Mientras tanto, los precios del crudo han experimentado subidas notables en los mercados internacionales, lo que refuerza la tesis de que el conflicto tiene un fuerte componente económico.




