Un polvorín de Europa

La violencia volvió a ser estos días la principal protagonista en las calles de la capital griega. Ni la huelga general de 48 horas, masivamente seguida, ni las multitudinarias manifestaciones que tuvieron lugar los días previos y el propio día en que el Parlamento votaba en una tensa sesión un nuevo brutal ajustazo, lograron impedir que el Gobierno lograra sacarlo adelante por 155 votos a favor y 138 en contra.

Al conocerse la noticia en el exterior de la sede parlamentaria, situada en la céntrica plaza Syntagma (Constitución), la pacífica concentración de protesta de cientos de miles de personas se transformó. Cientos de jóvenes, provistos de máscaras antigás –hasta los turistas las compran estos días–, barras de madera, gruesas piedras y cócteles molotov, se enfrentaron a los numerosos contingentes de fuerzas antidisturbios desplegados en la zona.

Fue una verdadera batalla campal donde se produjeron cerca de 500 heridos y se practicaron numerosas detenciones. “Ustedes son los perros guardianes de los patrones y los mercados, no hijos de trabajadores”, gritaban muchos manifestantes a las fuerzas policiales, que cargaban enérgicamente con sus bastones, gases lacrimógenos y un misterioso gas naranja cuya composición química se desconoce.

La gente que se encontraba en la estación Syntagma del Metro vivió momentos dramáticos al caer allí dentro varias de las granadas de gases lacrimógenos disparadas por la policía.

Muchos temen que en nuevos enfrentamientos se pueda producir alguna víctima mortal, dando lugar a un salto en el nivel de violencia actual, no descartándose tampoco que ante la impotencia actual de las protestas, algunos grupos radicales comiencen a cometer atentados como hubo en el pasado.

Grecia es hoy día un verdadero polvorín en medio de Europa.
Para recibir de manos del FMI y del Banco Central Europeo la primera partida de 12.000 millones de euros –de un préstamo total de más de 100.000 millones– al Gobierno de Yorgos Papandreu se le exigía como condición ineludible aprobar un paquete de recortes del gasto público para el período 2012-2015 y una serie de reformas tanto o más duros que los de 2010, cuando la crisis griega hizo pensar que el euro caería sin remedio por el precipicio.

Aquel plan falló y no sólo no impidió que la crisis económica y financiera siguiera cayendo en picado, haciendo aumentar el desempleo y los problemas de la población, sino que sólo un año después Grecia volvió a colocarse al borde la bancarrota.

Y la bancarrota griega supondría arrastrar consigo gravísimas consecuencias para la encadenada economía de la eurozona a la que pertenecen 17 de los 28 países miembro de la Unión Europea.

“Debemos evitar un colapso del país a toda costa”, dijo nervioso Papandreu en su discurso ante el Parlamento, poco antes de que se iniciara la crucial votación, recordando que el país tiene una deuda de 350.000 millones de euros, el 150% de su PIB. El Gobierno prevé ahorrase 78.000 millones de euros con el despido de 150.000 funcionarios, la venta de empresas públicas, recortes salariales y en las pensiones y una mayor presión fiscal.

En un esfuerzo por asegurarse, al menos, el voto de los parlamentarios del partido gubernamental, el Pasok –uno de ellos, Panagiotis Kouroumplis, fue expulsado por rechazar el plan de ajuste–, el primer ministro hizo un alegato dramático: “La suspensión de pagos acabaría con el sistema de salud, con el de educación, con los sueldos de los funcionarios de la Administración pública, con más del 80% del actual sistema de pensiones”.

Yorgos Papandreu sostuvo que frente a tal panorama desolador había que evitar “a cualquier precio” que se derrumbara todo y apeló a la oposición a “avanzar con iniciativas comunes”, rectificando los errores.

Pero el guante no fue recogido por Antoni Samarás, el líder del principal partido de la oposición, Nueva Democracia, la formación conservadora que al perder el poder en 2009, le dejó como herencia a Papandreu las cuentas falseadas con las que había engañado a la Unión Europea y al FMI.

A pesar de la responsabilidad de su partido en el origen de la crisis, Samarás intenta por todos los medios capitalizar el desgaste provocado en el Gobierno del Pasok por sus políticas de ajuste y le acusa de “ineptitud” para salir de la crisis, limitándose a proponer como solución declarar la suspensión de pagos.

Con la votación de estos días en el Parlamento, Papandreu no sólo ha cumplido las condiciones impuestas por sus acreedores, sino que ha conseguido al menos por el momento evitar su propia caída, descartando ahora la convocatoria de elecciones anticipadas que días atrás parecía imposible de eludir.

Mientras cientos de miles de griegos desataban su ira y desesperación en las calles de Atenas, Angela Merkel, Nicolas Sarkozy, al igual que el resto de sus homólogos europeos y las autoridades del Banco Central Europeo y el FMI, se congratulaban por la votación parlamentaria.

Hoy mismo hay en Bruselas una cita dominical extraordinaria de los ministros de Economía y Finanza de la eurozona para liberar los 12.000 millones de euros de anticipo prometidos a Grecia para atender sus obligaciones más urgentes.

La Unión Europea deberá discutir también la propuesta de Francia de permitir que Grecia devuelva en un plazo de 30 años el 50% de la deuda que ya tiene contraída con sus acreedores. Mientras la UE presenta el modelo francés como una solución para no asfixiar a Grecia, algunos analistas entienden que en realidad eso supone hipotecar al país por las próximas tres décadas.

A quien seguro que ha tranquilizado la votación parlamentaria en Grecia es a la recién nombrada nueva directora del FMI, la francesa Christine Lagarde, que de esta manera no tendrá que dar sus primeros pasos al frente de esa institución con un país europeo al borde de la bancarrota.

La elección de Lagarde, en sustitución del también francés Dominique Strauss-Kahn –que tuvo que dimitir tras ser acusado en Estados Unidos de intento de violación a una camarera del hotel donde se hospedaba– reafirma la tradición del FMI de seguir controlado por Estados Unidos y Europa. Una vez más falló el intento de los países emergentes por dotar al polémico FMI de un director que defendiera en su seno sus necesidades y reflejara la importancia que hoy día tienen sus economías en el concierto mundial.

El secretario de Estado del Tesoro estadounidense, Timothy Geithner, había apostado públicamente por la candidatura de Lagarde frente al otro candidato que se presentaba y por el que pujaban mayoritariamente los países de América latina y el Caribe, Agustín Carstens, director del Banco Nacional de México.

Pese a la importancia de que por fin llegue una mujer al más alto cargo de un organismo como el FMI, creado para garantizar supuestamente la estabilidad cambiaria y dominado por los hombres desde su creación en 1944, el nombramiento de Lagarde no deja de ser una nueva imposición de los intereses del Norte sobre los del Sur.

Roberto Montoya / Miradas al Sur

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