¿Cómo reconstruir las mayorías de la revolución venezolana?

16 de Diciembre de 2016

Ha pasado un año desde la derrota electoral del chavismo en las elecciones legislativas. Ese día, 6 de diciembre del 2015, se vio que se podía perder.

La derrota, ese elemento fundacional de generaciones de militantes del sur del continente, ocupó su lugar en la mesa de un movimiento siempre victorioso. Las elecciones, terreno en el cual la revolución encaminó la disputa por el poder político, pasaron a estar rodeadas de una pregunta principal: ¿podemos ganarlas todavía?

Debajo de esa pregunta emergió otra: ¿somos mayoría? Como percepción política/militante -mirada parcial pero válida- la respuesta sería no. Si vamos a los números de encuestas recientes, como la realizada por Hinterlaces en el mes de diciembre, el resultado es negativo y complejo: 51% de los venezolanos se declara ni chavista ni opositor. Es decir que la mitad más uno no está contenida en ninguno de los dos bloques, se ha alejado de las representaciones, aunque no necesariamente de la política.

Otro número arroja mayor nivel de espesura al análisis: 49% de la población preferiría que fuese Maduro quien resolviera el problema económico, antes que viniera un gobierno de oposición. Esto reafirma dos hipótesis. La primera, que la derecha venezolana sigue sin ser una alternativa por peso propio. Puede capitalizar parte del descontento y voto castigo del mismo chavismo -de manera indirecta sobre todo, con abstención por ejemplo- pero no es en el imaginario de la mayoría una solución a la actual guerra/crisis. La segunda es que el chavismo como identidad política, cultural, simbólica, proyecto tiene todavía un arraigo inmenso, aunque eso conviva a la vez con la falta de confianza en la actual dirección de la revolución y la incertidumbre de liderazgo.

Ninguna fuerza es hoy mayoría en Venezuela. El chavismo es la primera expresión política, lo demuestra constantemente en la calle -se ha movilizado masivamente decenas de veces desde el mes de octubre-. Eso no alcanza para ganar elecciones. Y lo que viene son justamente procesos electorales: gobernaciones, alcaldías y presidencia, en un lapso de dos años.

La pregunta es entonces cómo recuperar la mayoría perdida, esa que durante años fue chavista, y de la cual, en los últimos años, se desprendieron partes. Una situación producida en gran parte -ese fue y es el objetivo- por los ataques de fuego sobre la economía. Quienes se alejaron fueron en primer lugar las personas de clases medias, sectores conformados en gran parte por la misma revolución bolivariana, personas que ascendieron durante estos años, y que vieron retroceder sus conquistas en los últimos tiempos. También se retiraron quienes se vieron sumergidos en la resolución diaria de los problemas económicos, en un movimiento de repliegue, de alejamiento del gran debate político desconectado de los lenguajes del día a día.

El proceso de reconstrucción de mayoría pareciera tener dos tiempos. En primer lugar, se debe reorganizar la fuerza propia, es decir el chavismo. Dotar a sus diferentes instrumentos de una unidad táctica, estratégica y metodológica. No resulta sencillo tratándose de un movimiento tan amplio, cuyas contradicciones están expuestas en los mismos territorios: algunos empujan hacia las comunas, otros hacia el Partido Socialista Unido de Venezuela y sus diferentes niveles organizativos, otros hacia los Consejos Locales de Abastecimiento y Producción, etc. Podrían ser herramientas complementarias en vez de estar en disputa. Esa situación expresa las contradicciones internas, reales en tanto empujan caminos distintos proyectos dentro del proyecto.

Con la fuerza propia reordenada se podría ir en búsqueda del segundo paso: la reconstrucción con aquellos que se alejaron, o a quienes nunca se les llegó. La clave para eso la dio el presidente Nicolás Maduro: se debe volver a las catatumbas el pueblo, donde nació el chavismo. Los dirigentes tienen que sentarse a escuchar, debatir, recorrer calles, casas, dejar de imponer para preguntar, de pensar que dar recursos de manera vertical puede reconstruir consensos. Mucha gente siente a una dirigencia alejada, prepotente. La humildad, se sabe y cuesta, es requisito indispensable para construir. Acercarse entonces, sin grandes discursos épicos con golpes de pecho, sino desde la construcción de respuestas a los problemas concretos. Volver a crecer desde la práctica, el encuentro, la democracia protagónica en territorios y sectores. Se trata de ser mayoría electoral, pero sobre todo mayoría cultural, es necesario recuperar la hegemonía.

Nada de esto parece posible sin una estabilización económica: existe una relación directa entre mejora en la situación económica -abastecimiento, mantenimiento de la moneda, los precios, etc.- y el respaldo popular. La dirección mantiene su principal flanco débil en este punto, producto de las tensiones de clase que la atraviesan. Aunque, es bueno señalarlo, existe en este diciembre una contraofensiva marcada por la eliminación de los billetes de 100 bolívares -como forma de atacar el contrabando de billetes que ataca la moneda-, un pequeño descenso del dólar paralelo producto de esa misma decisión, operativos de venta de alimentos masivos para las fiestas, y las negociaciones internacionales para elevar los precios del petróleo.

Los dirigentes de la derecha, mientras tanto, están fuera de juego, patalean entre las amenazas que no se toman en serio, y lo patético, como la actuación reciente de Lilian Tintori frente al Vaticano, donde simuló un encadenamiento.

Esa mayoría es una tarea urgente. La revolución eligió el camino electoral -una decisión tomada en 1997- y a esas reglas debe atenerse. Se trata de un juego ajeno en el cual se había convertida en el mejor jugador. Ya no lo es y puede perder, como se vio en diciembre pasado. También puede ganar: tiene más cartas en la mano que el enemigo. El asunto es reaprender la jugada, comprender lo que pasa en los silencios del pueblo.

Marco Teruggi

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