Malí: La misma película

En un paso cuestionado por no pocos analistas y políticos, el gobierno del presidente galo, François Hollande, decidió el envío de tropas a Malí bajo el presupuesto de combatir a los “rebeldes islámicos” que han puesto en peligro a “las autoridades instituidas” en esa nación de África Central.

La decisión, apoyada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, y por Washington en particular, no ha dejado de levantar reservas entre diversas personalidades francesas y extranjeras, que perciben en esa decisión la vieja práctica de las ex potencias coloniales de permanecer como presuntos garantes de la “estabilidad” en los que fueran territorios bajo su control en siglos pasados.

Algo así como si existiese una intangible patente de corso para influir, armas en mano incluso, en los destinos, problemas y dilemas de los ex dominios de ultramar.

El argumento esgrimido por París es el avance de grupos islámicos de tendencia radical sobre Bamako, la capital maliense, asociados —según las propias fuentes galas- a la organización Al Qaeda.

De manera que la cruzada de Francia en Malí se intentaría proyectar como parte de la guerra contra el terror global decretada desde fines del 2001 por la Casa Blanca luego de los atentados contra las torres Gemelas y el Pentágono en septiembre de aquel año, y que provocaron las invasiones militares contra Afganistán e Iraq, y un elevado nivel de injerencismo imperial en Oriente Medio y Asia Central.

París alega además su “deber” de proteger empresas y ciudadanos franceses radicados en Malí y otras naciones vecinas de confesión musulmana, y poner coto a recientes acciones de secuestro de ciudadanos occidentales en toda esa zona vinculada al desierto del Sáhara.

Sin embargo, otros criterios indican que entre las verdaderas prioridades de Francia están las riquezas mineras malienses, que incluyen una fuerte producción de oro e importantes yacimientos de uranio que la nación europea no puede darse el lujo de ver en peligro dada su elevada dependencia del consumo energético por la vía del uso de plantas nucleares.

No obstante, y según otras fuentes, los grupos armados islámicos que actúan en suelo maliense podrían convertirse en un dolor de cabeza para las fuerzas llegadas de la ex metrópoli.

Analistas indican que estos destacamentos lograron hacerse de numerosos arsenales ubicados en territorio libio durante la agresión que puso fin a las autoridades de Trípoli, y que su poder de fuego sería un severo obstáculo en los intentos galos de hacer una guerra rápida y poco costosa.

Por demás, la invocación de “combatir a Al Qaeda” en Malí suena ante todo como un enorme contrasentido, toda vez que la organización terrorista en cuestión ha sido y es aliada de la OTAN y Washington en sus aventuras injerencistas contra el depuesto gobierno de Muammar Al Gaddafi, primero, y contra las autoridades sirias en la actualidad.

De hecho Al Qaeda fue una colaboradora esencial de Washington en la guerra contra las autoridades izquierdistas de Kabul y las tropas soviéticas que las apoyaron en los años ochenta de la pasada centuria, así como en la imposición de los talibanes como pretendido gobierno legítimo de Afganistán frente a la colección de facciones armadas y señores de la guerra que tajó al país luego de ocupada la capital por las bandas yihadistas.

De manera que es entre tales consideraciones, argumentos y pretendidas justificaciones que se mueve en estos, sus inicios, el conflicto armado en una nación que es la séptima de África por su tamaño, y que por su posición geográfica se constituye en epicentro para el dominio de la amplia porción central del Continente.

Una presa que ciertos intereses y nostálgicas ínfulas no parecen inclinados a dejar escapar tan fácilmente.

Néstor Núñez Dorta

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